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Perfecta

Por: Mariana Sanz-De Santamaria

No recuerdo cómo empezó. Tampoco porqué. Pero ahora, diez años después, entiendo que no fue solo una combinación desafortunada de factores. Entre ellos una genética con una alta dosis de desórdenes mentales, una personalidad perfeccionista, y una serie de cambios difíciles de afrontar a muy temprana edad. Pero es que además era y sigo siendo, al igual que todas las mujeres, víctima de una exigencia desproporcionada, injustificada, excluyente e injusta de ser flaca.

A los nueve años ninguna niña, ni niño, debe medir cuánto come. Su único criterio debería ser tener o no hambre. No si su cuerpo cumple con unos parámetros impuestos. Menos debería sentirse culpable por comerse un chocolate o una galleta. Es que tampoco a los 10 ni a los 15 ni a los 20 ni a los 40. Pero somos mujeres. Y si no somos flacas somos unas fracasadas e inútiles.

A esa edad fue que nos fuimos a vivir fuera del país a Centro América. Recuerdo que por las noches comíamos juntos, mis papás, mi hermano y yo. Pero mi mamá empezó a comer diferente a nosotros tres. Estaba a dieta. A dieta. Recuerdo que, como ya no trabajaba en este nuevo país, estaba mucho en la casa y con amigas hablaban largo rato sobre el ejercicio y la comida. De repente el peso de mi mamá y su alimentación empezó a ser un tema. La nevera tenía queso normal y queso light, había yogurt normal y yogurt light, había pan normal y pan light, había leche normal y leche light. Lo light era de ella. Porque se estaba cuidando. Cuidando. Y si ella estaba a dieta y se estaba cuidando, ¿no debía yo también?

A mi papá, recuerdo, le empezó a crecer una barriga que jamás había tenido. Pero eso no importaba. Él es hombre y puede tenerla. O no tenerla, y está bien.

En un cuadernito de espiral cuadriculado empecé a registrar todo lo que comía o hacía. Solía llegar del colegio a comerme un paquete de seis galleticas Chips-Ahoy con un vaso de leche. Las anoté con un dibujito. Taché dos galletas, solo podían ser cuatro. Después dos, y después ninguna. Ni vaso de leche. En ese mismo cuaderno escribí que tenía que hacer ejercicio, como saltar lazo o hacer abdominales en el piso como en los comerciales de televisión. Dibujaba mi cuerpo y le borraba las partes que sentía que “sobraban”.  Nunca imaginé que ese cuadernito sería el comienzo de un infierno que duró demasiado tiempo.

En la academia de baile a la que iba por las tardes yo era la estrella. Me ponían en primera fila en el centro. No primera fila a la derecha, ni a la izquierda, ni segunda fila; en el centro. En el colegio sacaba, siempre, de lejos las mejores notas de mi salón. Una estrella no podía estar gorda.

Dos años después nos cambiaron de colegio a uno bilingüe. Yo no sabía inglés. Nada. Quinto de primaria y yo no soportaba la idea de no ser la estudiante estrella. Debía aprender inglés lo más pronto posible, y poder sacarme las mejores notas otra vez. Los profesores me decían que lo tomara con calma, que no había necesidad de saberlo todo tan rápido. No, no. ¿Con calma? No. En menos de cuatro meses hablaba, escribía y leía casi fluido inglés. Tiempo récord.  Y ese año me gradué con un Straight A Student Award. Mi alimentación iba en proporcional exigencia con mi desempeño académico. Me angustiaba que me apretara la ropa, pues, como a mi mamá, no podía subir de peso y mucho menos que se notara.

Creé un gusto por la comida que sólo las adultas comen, y un disgusto por lo que a todos, sobretodo a esa edad, les gustaba.  ¿Hamburguesas? ¿Pizza? ¿Helados? ¿Dulces? No, no, una niña estrella no podía tener esos placeres de imperfectas. Desayunaba un pan light con una rodaja, sólo una rodaja, de queso light. Nada más. Tenía planeada y calculada cada comida de mi día, a qué hora y las cantidades exactas. Mis papás suponían que era una etapa. Qué quizás solo era un capricho.

En primaria hicieron un concurso de lectura. Nos daban puntos por cada libro leído y el ganador sería reconocido. Yo tenía que ganarme esos puntos. Me comí todos los libros que no me comía en comida. Alcancé a leerme dos libros por día. Sin parar. Nunca recibí un premio, nunca disfruté esos libros. Ni el pan light. Pero gané todos los puntos posibles, y la ropa no me apretaba, se me caía.

A los doce años mi cuerpo estaba evidentemente desnutrido. Era hasta quince centímetros más bajita que mis compañeras de clase. Mi cara era pálida. No había un gramo de grasa en mi cuerpo, y la que había me la espichaba con asco hasta sacarme morados. Mis papás empezaron a descartar la idea de que esto era un capricho.  

La prohibición del placer en la comida se extendió a todos los otros placeres. Dentro de la perfección no cabe el placer. Así como a las mujeres de bien no deben sentir placer, porque va y les gusta y se desordenan. Y dejan de ser puras. O lindas. O exitosas. Y la alegría que me caracterizaba se fue drenando.

El trabajo de mi papá nos trasladó a Europa. Entré al colegio en este frío continente. Me desmayaba dos veces a la semana. Botaba la comida que me mandaba mi mamá en la lonchera. Y la poca que sí lograban embutirme la vomitaba. Doce años tenía. Mi mamá iba a la hora de recreo a espiarme, a ver si estaba comiendo o no. Ya había dejado de hablar de dietas y se había convertido en chef, inventando recetas para conquistar mi nulo apetito. Mi mamá, víctima también de una opresión machista de la que solo sobrevive la mujer perfecta, la siempre linda, siempre arreglada, la juiciosa, la depilada, la peinada, la delgada. La irreal.

Mi cuerpo se fue tapizando de cabello para calentarse de la hibernación en la que estaba por desnutrición y mis extremidades se volvieron moradas pues la sangre solo circulaba en los órganos vitales. Y yo a callarme pero a gritarme por dentro.

Entré al grupo de baile en el colegio. Primera fila en el centro. Después de nuestra primera presentación me recogió mi mamá con una maleta en la mano. Me llevó al hospital. Dr. Höß me estaba esperando, mi papá también. Yo no entendía nada, pero sospechaba porqué estábamos ahí. Me pesó, midió, tomó mi presión. Golpeó mi rodilla con un martillito. Pero mi pie no se movió. Había perdido mis reflejos. Mi papá se estremeció. Yo no miraba a los ojos a nadie, sentía vergüenza de ser culpable de la angustia de mis papás.

“Ihre tochter hat Anorexia”

¿Eso qué es? Yo sabía que algo en mí estaba mal. Pero ¿cómo así? ¿Eso significa que estaba enferma? ¿O que me van a obligar a comer? No, no. Yo no podía comer, me iba a engordar y sería un fracaso y fallaría.  ¿Y el colegio? Tenía que estudiar, ¿y el baile? Tenía que practicar. No podía dejar de ser una estrella.

Me quedaría una semana en el hospital, dijeron, y según mi comportamiento se decidiría el tratamiento. ¿Tratamiento? Me asignaron un cuarto. Ahí entramos, mi ruidosa mente y yo. Mi bruja y yo, solas las dos. Anotaban cuánto comía y cuánto pesaba todos los días.  La semana pasó. Y al octavo día llegó un ejército de enfermeros y médicos con una sonda nasal: mi alimentación por los siguientes tres meses. Tres meses con un tubo blanco que entraba por mi nariz hasta mi estómago. Me alimentaría porque yo no lo hacía, yo no comía. Mi limitación no era el esófago, ni era el estómago, ni una infección en el intestino. No. Era mi mente.

Ese pabellón del octavo piso, achtbe (8b en alemán) era largo, blanco, frío, solo. Todos los días venía mi mamá a visitarme. Ya distinguía el eco de sus pasos por el pabellón cuando venía. Yo no hablaba mucho. Tenía miedo. Los primeros meses no me dejaban moverme mucho del cuarto pues no tenía las calorías suficientes para gastarlas en actividad física. Por las noches me monitoreaban el corazón y dos veces llegó a niveles demasiado bajos y debían resucitármelo. Cada cien gramos que subía se traducían en permisos. Era un juego de recompensas. Me sabía todo tipo de trampas para que la báscula marcara unos gramos más y poder pararme por más horas o tener gimnasia en el cuarto o eventualmente pasar el fin de semana en mi casa.

Un 7 de diciembre, día de la velitas, me quitaron la sonda.  Ese día vinieron mis papás y mi tía – quien vino a vivir con nosotros para ayudarnos en este largo invierno- y prendimos en el frío patio del hospital cinco velitas. Con más peso me dejaron ir a un colegio psiquiátrico que tenía el hospital con otras como yo. Todo en alemán. Cuando lo oigo hoy, siento frío por dentro. Vi mi primera nevada de la vida por la ventana de mi cuarto del octavo piso. El marco de la ventana estaba congelado y mi alma también.

Nos teníamos que devolver a Colombia. Ya mis papás habían contactado un centro para trastornos y desórdenes alimenticios en Bogotá con la psicóloga más referenciada para estos casos. Nos estaba esperando toda la familia. Ese primer año devuelta lo tengo muy nublado.  La Bruja me enterró aún más. Llegué a pesar 22.5 kg, a dormir parada, a cortarme los brazos, a bañarme en agua fría en la fría Bogotá, a esconder comida de maneras inimaginables, a abrir la ventana de mi cuarto para sentir frío y perder calorías, a sacudir mis piernas incontroladamente sin parar todo el día, a no sentarme, a parpadear sin parar, a no mirar a los ojos, jamás, pues ya no eran mis ojos, los míos estaban perdidos.

A pedirle, rogarle, a mi papá que me dejara morir. Mi papá. Con infinita paciencia que se le quebraba en desesperación e impotencia de verme desvanecer ante él por una enfermedad que no curaba ninguna medicina. La anorexia es una enfermedad cruel. Tenía catorce años.

El centro era una casa blanca que se llamaba Horus la casa, nombrada después del dios egipcio hijo de Isis y Osiris quién logró vencer al dios de la maldad Seth, que lograba siempre renacer y perturbar a los egipcios con su maldad. Horus, dios falcón, con su perseverancia y tenacidad protegió a su pueblo eternamente de las garras de Seth. Ahí, viví un año y medio. Mi Bruja y yo. Cada día fue una batalla peleada por todos. Yo estaba cansada de pelear conmigo, la cabeza me pesaba.

Llevaba dos años y medio sin ir al colegio. Sin abrir un libro, sin hacer una tarea. Fue, poquito a poquito asomándose, entre el ruidajo oscuro de la bruja, un anhelo de vivir. Daba tres pasos adelante y uno atrás. Tuve unos días mejores que otros, empecé a pintar, entré a Misi, empecé a bailar otra vez, a caminar con mis papás, a salir de mi cuarto, a ver – reconocer- el mundo, que por cinco eternos años (un tercio de mi vida entonces), había desconocido. Entré al colegio otra vez. Fui ganando peso, lento, y retrocedía, y volvía y subía. Resaboríe la comida, y aprendí, otra vez, a permitirme disfrutarla. A volver a usar mi cerebro y a callar mi bruja. Rápidamente me saqué otra vez las mejores notas, y volví a ser estudiante estrella.

Un tiempo después mi mamá decidió que yo podía asumir el reto de irme a un campo de verano al Golfo de Morrosquillo. No hubo tiempo para discutir si estaba lista o no. No me dieron la opción de no estarlo. Fue un salto de fé, de ellos y mío.

Tuve dos semanas rodeada de gente que me conocía por primera vez, a mí, no a mi Bruja. Donde tenía la oportunidad de reescribir mi historia. O volvía a Bogotá con unos gramos de menos y humillada otra vez ante La Bruja, o volvía con cabeza en alto, triunfante y con las latentes ganas de vivir. De revivir. Y me ofrecieron un bombombum de lulo.

Lo cogí, lo destapé.

Y me lo comí.

 

 

Sobre la autora, Mariana Sanz de Santamaria:

Nací en Bogotá en una familia insuperable. Viví de mis 8 años a mis 12 años fuera de mi país Colombia: cuatro años en Nicaragua y uno en Alemania por el trabajo de mi papá. Volví al país enferma de una enfermedad fruto de una presión desproporcionada a la mujer de ser perfecta, siendo yo todavía una niña. Luché para sobrevivir de mí misma. Lo logré, con el apoyo incondicional de mi familia y un equipo psiquiátrico, para enamorarme de la vida, de mi país y de mi misión acá. Me gradué de Derecho y Periodismo de la Universidad de los Andes, para dedicar mi vida a Colombia. Hoy soy parte del programa Enseña por Colombia, profe “seño” de inglés en la isla de Barú siguiendo ese llamado ineludible de servir. Todos los días lucho; aun conmigo misma, sí, pero también por aquellas y aquellos que no tienen quién luche por ellas y ellos.

 

 

1 comentario

  1. Agualusa says

    Gracias por tu historia!

    Me hizo acordad que a veces me pregunto ¿Cómo un buen corazón puede termina consumiéndose solito? Siempre me respondo que “a veces los actos de autodestrucción están motivados por una capacidad infinita de amar a otros”.

    Esta conclusión me ha tomado años aprenderla y tu confesión, esta historia que cuentas, me llego al corazón por una extraña razón (que desconozco). Pero para mí, esta necesidad que surge en algunos de asumir retos imposibles para ser unas super personas que quieren salvar al mundo, estos intentos por mantener estándares imposibles para como tu lo dices “No, no, una niña estrella no podía tener esos placeres de imperfectas”. Lo peor, este acto es presentado como un acciona “libre” y termina pasando como consecuencia de nuestro libre albedríos, trasladando cualquier culpa hacia nosotros mismos, y exculpando toda la presión externa que nos lleva esta instancia auto destructiva.

    Porque tu relato me recordó un poco a la serie de The Marvelous Mrs. Maisel, una mujer que por los estándares de su época vivía un régimen consigo misma casi dictatorial consigo misma. Lo traigo a colación porque eso es lo que me recuerdo todos los días, como los estándares se aprovechan de nuestra capacidad de amar.

    Gracias por tus palabras, has hecho a una persona feliz. Perdón por extenderme.

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