Sí, me encantan los reinados. No, no soy menos feminista por eso

Tengo una confesión que hacerles: desde niña tengo una fascinación con los reinados de belleza, y desde hace unos 8 años, con el Victoria’s Secret Fashion Show. Puedo decir el nombre de las Señoritas Colombia de los últimos diez años, el departamento al que representaban, el vestido que usaron en su coronación, el año en que ganaron y de qué quedaron en Miss Universo, así como relatar cuáles fueron las críticas y los escándalos que generaron durante sus reinados. De igual manera, puedo nombrar a casi todos los ángeles de Victoria’s Secret de la historia, sé si portaron el Fantasy Bra o el Swarovski Outfit, en qué años abrieron o cerraron el show, los artistas que cantaron e inclusive puedo imitar su pasarela y su end-of-runway pose (o sea, ese fugaz momento en que las modelos llegan al fin de la pasarela, pican el ojo, tiran un beso, hacen un corazón con la mano, baten las alas y se van). De hecho, casi siempre que camino de mi cuarto a mi cocina lo hago.

Desde aquí puedo sentir todos los suspiros de decepción y desconcierto que esto provoca, tanto en feministas como en quienes no lo son. Se que  las feministas pensarán en todo lo misógino que entrañan estos escenarios y lo vergonzoso que es que una feminista los vea, y sobre todo, los disfrute. Asimismo, quienes detestan el feminismo señalarán toda mi incoherencia y enseguida me desacreditarán a mi, a las otras polas, al blog y al feminismo entero. A los dos quiero responderles en esta columna.

Primero, a mis lectoras feministas y hombres aliados les quiero decir que yo también comparto esa decepción que sienten al ver cómo una feminista ve y disfruta de los reinados de belleza y shows como el de Victoria’s Secret. Entiendo completamente de dónde nacen, qué buscan, qué manifiestan y qué significan para las luchas por las liberaciones femeninas. Yo misma he sido crítica en este blog de la forma en que usamos la belleza como mecanismo de empoderamiento. Quiero que sepan que desde que me identifico como feminista he sentido vergüenza de que me gusten los reinados y el VS Show. Generalmente esta fascinación la escondo, y cuando no lo hago, me aseguro siempre de decir que es “mi placer culposo”, para que la gente sepa que no me enorgullezco de ello. Ahora, desacreditar y despotricar de los reinados es la posición más fácil. Sin embargo, así como hemos hecho en este blog con la moda, la depilación y el reggaetón, existen acontecimientos, hábitos y fenómenos en nuestra cultura que vale la pena problematizar y analizar más que rechazar y negar automáticamente.

Los reinados de belleza son indudablemente una manifestación del patriarcado y eso no pretendo negarlo. Pero, al igual que muchas estructuras inherentemente machistas, los reinados de belleza son escenarios cuyas bases están poco a poco siendo permeadas por las luchas y conquistas femeninas en otros espacios. Por ejemplo, desde que Trump vendió la Organización Miss Universo y esta fue adquirida por IMG, los criterios para elegir a las finalistas se han ido volcando más hacia la valoración de los mensajes que sus participantes  quieran promover durante su reinado y menos hacia la valoración del cuerpo perfecto. De hecho, la Miss Universo actual lideró durante su reinado como Miss Sudáfrica una campaña para empoderar y educar mujeres en técnicas de defensa personal, y esto fue definitivo para darle el triunfo, a pesar de ser una mujer baja y con un cuerpo más bien normal, en comparación con otras concursantes. Asimismo, en 2016 la Miss Canadá, una mujer de proporciones bastante más gruesas que el promedio de reinas, clasificó en el top 15, por encima incluso de la Miss Venezuela, la típica barbie de las que suelen coronarse. El Victoria’s Secret Fashion Show también se ha esforzado por incluir mujeres de distintas nacionalidades, razas y orientaciones sexuales, pero se ha quedado corto con las mujeres gordas (no, no le tengo miedo a la palabra “gordas”). De nuevo, esto no significa que de repente el Miss Universo y el VS Show se hayan vuelto símbolos de inclusión y que ya no promuevan la belleza –desde la perspectiva masculina– como el principal valor de las mujeres, pero al menos son pasos que muestran que ni el escenario más machista del mundo está exento de ser revuelto por las luchas del feminismo.

 

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Siera Bearchell, Miss Canada en Miss Universo 2016. Tomado de: galaxia.com.ec

 

Miss Universo también nos ayudó a dar una conversación verdaderamente amplia y candente sobre la inclusión de mujeres trans en espacios “hechos para mujeres”. Cuando Valeria Morales, nuestra Miss Colombia, afirmó que “respetaba pero no compartía” la participación de Ángela Ponce, Miss España, una mujer trans, en el Miss Universo, fue la primera vez que oí a tanta gente hablar sobre inclusión de mujeres trans en mi vida, aunque la gran mayoría de opiniones promovían más la exclusión que otra cosa. Pero, ¿cómo no iba a ser así, si era casi la primera vez que se hablaba masivamente de mujeres trans? Esta misma habrá sido la respuesta cuando las primeras sufragistas comenzaron a exigir el voto para las mujeres. Como llevamos años peleando por eso y algunos cuántos más votando, ahora es raro escuchar que alguien niegue que tenemos derecho a hacerlo. Pero todo esto es gracias a años de exigencias, debates y conversaciones que siguen desarrollándose. Mientras tanto, a nuestra sociedad le han llegado muy pocos mensajes sobre las mujeres trans, y nada más y nada menos que un certamen de belleza catalizó las conversaciones que estábamos en deuda de dar masivamente. En medio del escándalo, vi que en Twitter se explicaba la diferencia entre sexo y género o la diferencia entre ser homosexual y ser una mujer trans, asuntos que los estudios de género han buscado por años introducir en la cotidianidad.

Ahora, más allá de unos cuantos ejemplos, los reinados siguen siendo en esencia patriarcales y por eso nos parece una atrocidad ver cómo sigue habiendo mujeres que aspiran a ser reinas de belleza. Y sí, claro que es criticable y cualquier mujer que porte una corona de Miss Colombia en la cabeza deberá lidiar con la carga de representar una institución que por años ha reproducido estereotipos dañinos para las mujeres. Pero, ¿hasta qué punto esto nos permite negar y menospreciar la agencia de las mujeres que toman la decisión consciente de concursar en un certamen de belleza? Comencemos por poner las cosas en contexto. Como afirmó Vanessa Rosales en uno de sus en vivo en Instagram, las mujeres siempre tuvimos espacios limitadísimos para ostentar posiciones de liderazgo e influencia, y uno de esos pocos en que podíamos tenerla era el Concurso Nacional de Belleza. La mañana siguiente a la velada de elección y coronación, siempre fue costumbre ver la foto de la reina en la primera página de cualquiera de los grandes periódicos. Con corona y cetro en mano, el Concurso le permitía a las mujeres de la noche a la mañana convertirse en figuras públicas a las que de repente todos le ponían atención. Hoy en día, aunque hay más apertura para las mujeres en instituciones y cargos de poder, seguimos teniendo que lidiar con obstáculos y techos de cristal antes de tener voces realmente influyentes en lo que hacemos, mientras que la Señorita Colombia obtiene un megáfono en el instante en que le ponen una corona en la cabeza. Por esto es que sabemos  más de Paulina Vega, quien tiene 25 años y su mayor logro es haber sido Miss Universo, que de Sofía Gómez Uribe, apneísta colombiana que tiene 26 años y ya tiene varios récords mundiales en su disciplina.

Mi punto es que participar en un reinado de belleza y ejercer liderazgo desde allí puede ser tan peligroso para las libertades femeninas como fiscalizar, señalar y descalificar la voluntad de las mujeres que eligen ir por ese camino. El feminismo no pretende mostrarnos de qué formas es aceptable ser mujer y de qué otras no, con el fin de juzgar a quienes eligen las segundas, sino precisamente enseñarnos que podemos elegir libremente la forma de ser que se nos pegue la gana. El feminismo no es una licencia para privar ni desconocer a las reinas de belleza de su agencia, ni un bastón de superioridad intelectual que nos permita asumir que las reinas de belleza son unas pobres pendejas, juguetes del machismo a las que no les dio la cabeza para librarse del yugo patriarcal. No nos olvidemos nunca de Elle Woods, la típica princesa rosada que nos mostró que vivir en los estereotipos de la feminidad no significa que no podamos conquistar la escuela de leyes de Harvard.

Ahora, tengo que reconocer que para poder disfrutar de los reinados y el VS Show como lo hago hoy tuve primero que reconocer precisamente que como mujer tengo muchas más posibilidades de expresar mi feminidad y mi poder que las que me muestran las reinas y las modelos. Por eso, cuando veo reinados o a los ángeles de Victoria’s Secret no siento que esté viendo a mujeres a las que debo aspirar a ser, simplemente porque sé que mis pasiones y mis habilidades van por otro lado. Estos escenarios jamás me han hecho sentir incómoda con mi cuerpo o que debo preocuparme más por mi apariencia para poder ser tomada en serio. El feminismo llegó a mi vida lo suficientemente a tiempo para mostrarme que no tener la belleza de Paulina Vega o Alessandra Ambrosio no significa, en lo absoluto, que mis talentos y capacidades no sean suficientes para ser la mujer poderosa e influyente que aspiro ser.

De igual manera, que me gusten los reinados de belleza y el desfile de Victoria’s Secret no significa que no sea capaz de señalar todo lo machista que hay en ellos y que no sea crítica de lo que representan. Este domingo no me perderé la transmisión del Miss Universo, pero no dejaré de desear que nuestra Miss Colombia –la misma que dijo que el Miss Universo era para mujeres que nacían mujeres porque las trans están en desventaja– no clasifique a nada, porque no creo que una mujer que no ve a una mujer trans como una igual se merezca una plataforma amplia como la que viene con el título de “la más bella del universo”. Cuando Halsey, una de las cantantes del Victoria’s Secret Show este año, salió de su presentación a resaltar la falta de inclusión en el desfile, inmediatamente le di “me gusta”, la seguí y la aplaudí. Saber que Victoria’s Secret está bajando sus ventas por la competencia que le está montando la línea de ropa interior de Rihanna, cuya pasarela incluyó tanto a Gigi Hadid como a mujeres negras, gordas, embarazadas, jóvenes y viejas, me hace sentir un fresquito.

Y para terminar, no quiero dejar de responderle a los “anti-feministas” que se toman el trabajo de leerme solo para rajarme. ¿Que soy una feminista incoherente? ¡Pues claro que lo soy! Nací, crecí y me formé en una época de Bolsonaros, Ordóñeces y Trumps que indudablemente dejaron una huella en mi identidad que no he podido borrar. Todas las feministas tenemos que resignarnos a vivir en la contradicción. Sin embargo, para ser feministas y promover la igualdad de género no tenemos que esperar a librarnos de toda contradicción. De ser así, nadie en este mundo habría podido hablar de feminismo porque la feminista perfecta no existe, y en esa medida ninguno de los avances que celebramos en la actualidad habrían podido pasar. Robándome las palabras de SinturaConEse, “esa exigencia de coherencia y pleno empoderamiento que nos exige este universo patriarcal que se resiste a cambiar (y que nosotras, sin darnos cuenta hemos interiorizado) no es más que la reproducción de un sistema machista que nos quiere aspirando a la perfección para tenernos inseguras y calladas”. Así que sí, soy una feminista fascinada con los reinados y el show de Victoria’s Secret. Soy sin duda una feminista incoherente. Pero soy ante todo feminista.

2 comentarios sobre “Sí, me encantan los reinados. No, no soy menos feminista por eso

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  1. Este post explica porque en la publicación en la que cuentas el suceso de tus fotos íntimas dejas entendido que la desnudez femenina es algo de qué avergonzarse, los penes todo OK, pero una vagina ? Cuidado que la publican y las autoridades no hacen nada!

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