Los hombres feministas: ¿mito o realidad?

¡Qué bueno que es hablar entre nosotras!

Algo que me encanta de ser feminista es conversar con otras feministas. Estos momentos de alivio, desahogo, risas y sororidad me dan ánimos para seguir adelante y consolidar la equidad de género como premisa en mi vida. Pero al mismo tiempo hay algo que me inquieta y que pienso a veces cuando ando reunida con otras feministas. Y tiene que ver con una frase que alguna vez vi en mis redes, algo cursi pero no por esto menos diciente: la vida empieza por fuera de tu zona de confort. Llevado al feminismo, esto quiere decir que por más bueno que sea hablar entre nosotras, cuando lo hacemos estamos en nuestra zona de confort, y por fuera de esta zona las cosas cambian. Nos encontramos, por ejemplo, a los hombres, con quienes no podemos hablar con tanta facilidad sobre estos temas. Nos los vamos a encontrar apenas salgamos de nuestros aquelarres feministas, en la calle, en la casa, en la oficina o en la universidad. 

Creo firmemente que todo lo que logramos en nuestros encuentros feministas es demasiado importante como para no llevarlo afuera de la zona de confort. Por eso en esta columna voy a hablar de los hombres, o más bien, voy a hablarles a las feministas sobre los hombres y sobre la relación de estos con el feminismo. Porque qué bueno que es hablar entre nosotras, pero qué increíble sería si lográramos meterlos a ellos en la conversación.

“¿Quieres una galleta?”

Para nadie es un secreto que a la mayoría de los hombres no les interesa el feminismo. Si ni siquiera para todas las mujeres es intuitivo ser feminista, mucho menos será para los hombres, punto. Incluso a aquellos que saben que el feminismo es equidad y no machismo invertido, o que están enterados del asunto porque tienen amigas o pareja feminista, cuesta meterlos de cabeza en el tema, llevarlos a una marcha o actividad, convencerlos de que vean una electiva de teorías feministas en sus universidades. Y no es porque sean innatos e inevitables opresores: es porque no quieren dedicarle sus ratos libres al feminismo, de la misma manera que yo no quiero dedicarle los míos a cualquier causa que no sea el feminismo.

En este contexto, de vez en cuando, aparece un hombre que hace todas o alguna de las cosas que acabo de mencionar. Se interesa, se informa, se pregunta, y busca los espacios para hacerlo. Pues yo creo que estos hombres se merecen una galleta. Y no lo digo acudiendo a la expresión sarcástica (seguro alguna vez les habrán dicho “¿quieres una galleta?” en vez de felicitarlos genuinamente), lo digo con sinceridad. Ahora, de ninguna manera piensen que las galletas son para esos hombres que alguna vez “ayudaron” en la casa (nada peor que esa ocasional “ayuda”, esa flor en el Día de la Mujer que les brinda tranquilidad mental para volver a la norma el resto del año); son para esos hombres atrevidos que conscientemente y, por más de un momento, se metieron con el feminismo.

Y si lo de la galleta aún no las convence pues no demos galletas. Pero algo que definitivamente no podemos hacer con estos hombres es pedirles que no se llamen feministas. Que aunque apreciamos su apoyo, su rol en el feminismo, por más tiempo que le dediquen, es precisamente de apoyo. Que la etiqueta de feministas es nuestra y que para ellos está la del aliado.

No me convence este montaje de mujeres feministas y hombres aliados. El mismo feminismo que alguna vez fue fanático de la batalla entre los sexos, y de entender a todo hombre como opresor, hoy en día nos da las herramientas para asumir una postura más crítica ante nuestro relacionamiento con ellos. Está, por ejemplo, el artículo de Ruth Hubbard, en el que se hace una reflexión sobre el sexo como construcción social. Sí, aquella contraparte biológica, aquella verdad absoluta en el incierto mundo del género, es también incierta, dice Hubbard. Aunque mi objetivo con esta columna no es debatir el binario sexo-género (para eso les recomiendo el diccionario de sexualidad, género e identidad de Siete Polas, cortesía de nuestra pola Maria Paula), sí traigo este caso a colación para demostrar que el sexo no debería definir si alguien es feminista o no, y que por esto deberíamos pensar en los hombres como feministas y no como aliados. Si dejamos que el sexo defina esto, entonces las feministas estaríamos más cerca a las mujeres machistas (solo por ser mujeres) que a los hombres feministas.

Llevemos este argumento a la coyuntura colombiana, que así es más divertido: ¿qué tan identificadas nos sentimos las feministas con nuestra próxima vicepresidenta? La mujer que ocupará este cargo es, como nosotras las feministas, una mujer (además muy calificada y de envidiable trayectoria). Pero considerando su reiterada posición frente a temas como la adopción igualitaria… ¿quizás las feministas tengamos más en común con hombres que sí apoyan la adopción igualitaria que con esta mujer? Una reflexión que podemos encontrar aquí es que votar por mujeres y no por hombres no siempre es feminista. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 hubo feministas que votaron por Hillary Clinton pero en ningún momento entendieron su voto como un acto feminista: habían votado por una mujer, pero por una mujer blanca, salida de la clase política tradicional, que no representaría una ruptura tan significativa como Barack Obama, ocho años atrás.

Para participar, escuchar

Algo más que me gustaría cuestionar de la figura del hombre aliado que no es feminista tiene que ver con sus funciones dentro del feminismo. He escuchado y he leído a feministas que afirman que los hombres, por más feministas que se crean, deben quedarse callados, o que en el feminismo son las mujeres las que hablan y los hombres los que escuchan. Yo en cambio creo que los hombres pueden tener una participación tan activa como la de las mujeres. Decimos que las mujeres son las que pueden hablar porque son las que más conocimiento y experiencia tienen en temas feministas, no porque nos estemos vengando por todos esos siglos en los que nos tocó quedarnos calladas mientras los hombres hablaban (recuerden, nuestra emancipación no es una venganza, no buscamos que a los hombres les toque lo que nos tocó y nos sigue tocando a nosotras). Por lo tanto me parece más adecuado pedir que hablen los que más conocimiento y experiencia tienen, y que escuchen los que menos (y en ambos roles puede haber mujeres y hombres). Un tema importante aquí es que un hombre que cuenta con el conocimiento suficiente para participar en el feminismo seguro tuvo que, en su momento, escuchar a muchas feministas. Y si llegó hasta donde está es porque no se sintió amenazado o menos hombre en esas ocasiones en las que él escuchó mientras las mujeres hablaban.     

En otras palabras, no me inquieta que yo, mujer feminista, eventualmente asista a un evento o actividad a escuchar a un hombre feminista. ¿Por qué nos preocupa tanto que los hombres hablen a la par de las mujeres sobre feminismo? ¿Pensamos que por ser hombres van a empezar con su mansplaining y se van a robar la presidencia del club feminista, dejándonos nosotras en la secretaría y tesorería de club? ¿El hecho de que el man haya llegado al punto de meterse en un cuarto lleno de feministas no les parece una demostración muy clara de que está dispuesto a dejar esos comportamientos por fuera del cuarto?

Los hombres que van a tomar polas, pero con menos polas y más reflexión

Ahora dejaré de hablar del hombre feminista abstracto y les presentaré a Sebastián Molano, fundador de Defying Gender Roles (DGR), una página de activismo social que abiertamente cuestiona la inequidad de género y la masculinidad tradicional. De la conversación que tuve con Sebastián puedo rescatar muchas cosas, empezando por algo que él llama el “peer to peer”. Se refiere a esa posibilidad que tiene un hombre feminista de meter a sus amigos en el cuento, de demostrarles que por “escuchar, tener empatía, pedir perdón, darle duro a las tareas del hogar y tener responsabilidad sobre su salud sexual y reproductiva” no dejan de ser hombres. Considero que este mensaje es más efectivo si el mensajero es un hombre y no una mujer: por más pola que sea y por más empeño y pasión que le meta, el grupo de manes al que yo le comparta esta reflexión jamás encontrarán en mi evidencia de su preocupación por su identidad masculina.

Por esto son los hombres feministas los que deben y van a cambiar el significado de “hacerse hombre”. La iniciativa de DGR de las camisetas de “Man Up” es un excelente ejemplo de este proceso, porque, claro, es un proceso, no una transformación instantánea. Es un podcast o una película que uno recomienda, señala Sebastián. Y agrega con satisfacción que ha podido llevar estas recomendaciones y reflexiones a su papá y a otros familiares hombres mayores. “Uno cree que esa gente ya no cambia, pero ellos también pueden empezar un proceso de redefinir su masculinidad a esa edad, de articular mejor sus sentimientos, de decir cómo se sienten sin ira o rabia. Es una vaina hermosa.” ¡Muy hermosa! Levanten la mano todas las feministas que sueñan con volver a sus papás feministas. Ya saben, pueden aprovechar a esos hombres que alguna vez llamaron aliados pero que son todo el paquete feminista.

El mito del grado feminista

A lo largo de esta columna he demostrado que los hombres feministas no son mito. Ya están ahí y más que agradecerles debemos considerar las ventajas de trabajar con ellos, con el mismo entusiasmo con el que trabajamos con nuestras compañeras. Para terminar rescato otro tema de mi conversación con Sebastián, que considero es algo que las feministas podemos aprender (o más bien recordar) gracias a los feministas: esa capacidad para reflexionar todo el tiempo sobre lo que pensamos, decimos y hacemos, y si esto, de alguna manera, perpetúa esos roles de género que tanto queremos derribar. Una frase de cajón (y no de Sebastián) que explica esto muy bien es que el feminismo no es un destino, es una travesía: no nos graduamos un día de feministas y se acabó, pues siempre estamos aprendiendo nuevas formas de serlo (como las polas Maria Paula y Vanessa y la decisión que tomaron de volverse vegetarianas por cuestiones feministas). Esto es algo que los hombres feministas nos recuerdan, porque ellos están constantemente revaluando sus prácticas: “Yo no creo que no tenga actitudes machistas, claro que las tengo. Pero es mi capacidad de reconocerlas lo que es bueno. Primero lo paro de decir, pero me doy cuenta que aún lo pienso, y luego lo paro de pensar. Y así.” Me gusta este comentario de Sebastián porque nos recuerda que como las feministas, los hombres que están metidos en este cuento tampoco son perfectos, pero que mientras haya un esfuerzo consciente y activo por mejorar, hay un crecimiento tanto personal como grupal.

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