La feminazi y el finance bro: una historia de amor

¿Qué tienen en común el fútbol americano y el feminismo?

Estos dos conceptos comparten tan poco que a primera vista sería más sencillo plantearlos como opuestos: mientras que uno es un deporte de hombres, podría decirse que el otro es un deporte de mujeres. Aquellos que intenten responder la pregunta quizás digan, con astucia, que ambos empiezan con la misma letra. ¿Pero qué pasa si les digo que la semana pasada, un jugador de los New England Patriots visitó por sorpresa a Anna Zerilli, una estudiante de bachillerato y practicante del fútbol americano, y que este jugador manifestó su felicidad por ver a una niña jugando el deporte de niños? ¿O que en 2015 Sarah Thomas se convirtió en la primera mujer árbitro de la NFL (National Football League), y que en una entrevista señaló que las mujeres deben confiar en sí mismas? ¿O que cada año, en octubre, la NFL conmemora el mes de la lucha contra el cáncer de seno, y todos los equipos visten uniformes rosados?

(Lo anterior demuestra que es posible mirar casi cualquier tema desde un enfoque feminista o de género. Pero el motivo por el cual empecé esta columna hablándoles de fútbol americano no es porque voy a hablarles del fútbol americano. Simplemente me pareció una forma interesante de presentar el tema de hoy).

He dicho esto antes y lo volveré a decir. Con este blog me propuse volver el feminismo un tema más accesible, pero en ocasiones anteriores no he podido llevar esto a cabo. Esta vez hablaré de un actor con el que muchos podrán sentirse identificados, que es un actor que cada vez estoy más convencida que es fundamental para el feminismo: el hombre. Y no voy a hablar de cualquier hombre, voy a hablar de un hombre muy puntual, que es mi novio. Y esto me permitirá hablar del tema central de esta columna, que es: ¿cómo es posible ser feminista y ser novia?

(Les aviso de una vez que esto no es una columna de consejos amorosos. No les voy a dar la receta para tener una relación feminista, pero sí les voy a dar un testimonio de mi relación, que es una relación en la que coexisten el feminismo y el fútbol americano).

Vamos directo al grano. Contra todos los pronósticos, estar en una relación me ha enseñado algo sobre el feminismo, que es: el feminismo es un tema que puede tratarse como cualquier otro tema. Aunque parezca obvio, digo esto porque siento que existe la idea de que hablar de feminismo es casi un encarte. Como si se requiriera de una preparación mental, o de un ritual o un sacrificio o algo así. Yo creo que es posible tener una conversación sobre feminismo sin ritual alguno o sin citar a las grandes académicas o sin tomar notas. ¿Y qué implicaciones tiene este hallazgo para mí? Que, en mi relación, el feminismo es tan solo uno de muchos temas. Hace parte de un repertorio y a veces surge y a veces desvanece. Y cuando desvanece no dejo de ser feminista; solo me convierto en una feminista que a veces habla de feminismo y a veces habla de otros temas, tales como el fútbol americano.  

Solo el hecho de que exista un espacio para el feminismo en este repertorio de temas ya es una buena noticia. Pero mi novio da un paso más: no se limita a tolerar mi feminismo y no se queda callado. Él aporta al tema y muestra un interés genuino, (de la misma manera en que yo muestro interés genuino sobre el fútbol americano). Él trae a colación sus propias vivencias pertinentes para el feminismo, porque todos las tenemos, no solo las mujeres. Y no siempre estamos de acuerdo, pero esto no se trata de estar de acuerdo siempre; si algo hemos reiterado en este blog es que el feminismo es imperfecto, contradictorio y plural.

Al ser uno de muchos temas, el feminismo no es el tema más importante o sobresaliente. Me gustaría pensar que sí lo es, me gustaría poder decirles que el feminismo es una causa más noble que el fútbol americano, pero no necesariamente. (Con ayuda de mi novio) Me topé con el caso del exjugador negro Cris Carter, que el año pasado habló de lo importante que fue este deporte en su vida: “[En el fútbol americano] la gente no discrimina, o a la gente no le importa cuál es tu religión; lo único que importa es quién es el mejor deportista.” Carter también señaló que, por haber sido jugador, logró ayudar a su madre a acabar su carrera universitaria (la cual había desertado para criar a sus siete hijos). Por casos como este, el fútbol americano se vuelve mucho más que un deporte, y no menos relevante que el feminismo.

La coexistencia del feminismo y el fútbol americano nos permiten a mí y a mi novio un aprendizaje constante e ilimitado. Yo aprendo de la historia del deporte, él aprende sobre las escuelas del feminismo. Yo aprendo cómo varios jugadores han rechazado y humillado al presidente Trump, él aprende que varias feministas negras han venido discutiendo el tema del racismo en el feminismo. Y yo aprendo viendo partidos, y él aprende leyendo SietePolas.

Dejando el fútbol americano a un lado, ¿quieren saber algo más de mi novio? Es financiero. Y esto me parece fascinante; no solo es un tema del cual me he desentendido durante toda mi vida (me limito a pagar mi tarjeta de crédito a tiempo), es un tema que me permite tener una discusión muy interesante sobre estereotipos. El año pasado leí una columna del New Yorker que a primera vista me pareció muy ingeniosa, pero que en retrospectiva me parece algo dañina. La autora habla sobre su breve relación con un hombre financiero o un finance bro, y el texto es básicamente una reiteración del estereotipo del financiero incapaz de la empatía, de las habilidades sociales y de no andar pensando en su trabajo. Por mi relación, creo que este estereotipo puede causar un daño similar al detestable estereotipo que nos traumatiza y nos quita el sueño a todas las feministas: la feminazi. Porque si mi novio se comportara como un finance bro, y yo como feminazi, entonces nuestra relación no podría existir. Sería imposible que la feminista histérica, intratable y agresiva estuviera con un financiero sin tiempo y sin alma. No obstante, aquí estamos, juntos, desafiando estereotipos.

Ahora bien, antes de terminar, y como para involucrarlos a ustedes en el tema, quisiera invitarlos a pensar en mi relación como evidencia de que los hombres pueden acercarse al feminismo sin morir  en el intento (o ser tildados de maricas, mamertos, desplanados, qué más se les ocurre). Este es el momento en el que traería a colación literatura académica feminista (pues ya mucho se ha dicho sobre la participación de los hombres en nuestro movimiento), pero cumpliré mi promesa de hablar de asuntos más cotidianos.

Billy Procida es un comediante estadounidense que en una entrevista se planteó una pregunta interesante sobre los hombres y el feminismo: “No todos los hombres somos gerentes corporativos que le podrían subirle el salario a sus mujeres trabajadores y ya.  ¿Entonces qué puede ser Good Guy Jim from nextdoor para ayudar?” La recomendación que Procida hace a los Good Guy Jims from nextdoor es leer, informarse y educarse al respecto. Y me gustaría agregar que hoy en día, esto es más fácil que nunca. Ni siquiera toca visitar páginas feministas (aunque definitivamente les recomiendo SietePolas); basta con ver algún video o mirar alguna infografía feminista de esas que aparecen en los newsfeeds. Y hacer una reflexión al respecto.

Mi propósito con esta columna era demostrarles que puedo preparar un guacamole para que mi novio y sus amigos vean un partido de fútbol americano, y no dejo ser feminista. Para terminar, si esta fuera una columna de consejos amorosos, que no lo es, este sería mi consejo: feministas, quédense con la persona que, más allá de tolerar su feminismo, esté dispuesta a tener conversaciones, a tocar esos puntos débiles y contradictorios de nuestro movimiento, y a encontrar cómo volverlo más atractivo y relevante en la cotidianidad.

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