La violencia contra las mujeres desde el lente de una desmovilizada

Cuando reclutaron a Diana, el primer acto que hicieron contra ella fue quitarle la dignidad. Junto con otras catorce mujeres, a Diana le cortaron la ropa que llevaba puesta con un cuchillo, le motilaron el pelo y le hicieron portar un uniforme que no la representaba. Para silenciar su voz, a ella y a las demás les lanzaron baldes de agua helada a la cara. Las insultaron, las llamaron perras y “cachorritas”. Las enterraron, dejando solo sus cabeza por fuera, para que no se escaparan.

En Colombia, la violencia contra las mujeres en la guerra se utiliza como un instrumento para enviar mensajes de terror, callar denuncias y hasta para desplazar poblaciones. Es una violencia contra la humanidad que afecta no solo a la mujer implicada, sino a su familia y a sus hijos.

Quise ceder este espacio –mi primera intervención en SietePolas– para contar la historia de Diana, una desmovilizada que fue reclutada por uno de los grupos paramilitares más grandes y peligrosos del país, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Hablaré de su paso por esta organización pero también hablaré de su renacimiento como una persona libre e inspiradora en lo que hoy es una sociedad en proceso de reconciliación.

Conocí a Diana trabajando en la creación de un día de experiencias de reconciliación entre jóvenes, desmovilizados y niños víctimas del desplazamiento. Me impactó su tranquilidad al contarme quién era, sin pena, sin máscaras y con el corazón en la mano. Su historia no sólo me inspiró, sino que me abrió los ojos a un mundo nuevo donde los paramilitares también son personas y aprendí a no juzgar a primera vista. Diana quiere que su historia se conozca en el país; ya la ha contado en eventos y varias universidades del país, y hoy me prestó su voz para que nuestros lectores también la conozcan.  

El reclutamiento

Diana, una rola universitaria como cualquier otra, luego de un proceso de separación con su esposo, decidió que se iba a tomar un tiempo para vivir su juventud, salir de fiesta e intentar cosas nuevas que se había saltado por un matrimonio apresurado y una madurez temprana. En un paseo a Villavicencio con sus amigas de la universidad, donde el plan era bailar, tomar y descansar durante el fin de semana, se encontró a sí misma en un evento de reclutamiento que cambió su vida para siempre. Una de sus “amigas”, que en realidad hacía parte del reclutamiento de las AUC,  fue quien planeó y llevó a cabo el secuestro. Las bajaron de las camionetas con varios revólveres que les apuntaban en la cara y las hicieron caminar por largas horas. Diana identificó a los paramilitares por sus botas y entendió que no estaba a salvo.

Las AUC no tardaron en hacerle entender que ella ya no tenía control sobre su vida ni su cuerpo. Ellos eran los dueños, y lo fueron porque acudieron a una estrategia de miedo en la que constantemente le recordaban a Diana y a las otras reclutadas que si no obedecían, iban a “eliminar a plomo” a sus seres queridos.

Cuando “El Patrón” llegó a conocer a sus nuevas “cachorritas, les entregó a cada una carpeta. Cuando las abrieron encontraron las fotos, las direcciones y las rutinas de sus seres más queridos. La carpeta de Diana tenía la foto de su hijo en la primera página, la de su mamá en la segunda, la de su papá en la tercera, y así sucesivamente. En ese momento, Diana entendió que para sobrevivir y proteger a su familia de la muerte y la tortura, su única opción era obedecer.

La vida en las AUC

Lo primero que Diana tuvo que hacer fue aprender a ser paramilitar. Le dieron a ella y a otros reclutados un mes de instrucción militar. Le enseñaron a usar un arma, a caminar por trochas sin ser reconocida, a recoger vacunas y secuestrar.

Por sus habilidades en finanzas y contabilidad, Diana fue escogida como la contadora de la organización. Sus principales ocupaciones consistían en cobrar vacunas, hacer inteligencia en ciudades, llevar las cuentas de la organización y, por supuesto, estar a completa disposición de “El Patrón”.

Bogotá fue la primera ciudad en la cual Diana cumplió con sus labores. Estaba emocionada, pensó que por primera vez en 6 meses iba a poder hablar con su familia, ver a su hijo y mostrarles que estaba, al menos, viva. Gran desilusión se llevó cuando al llegar a Bogotá la primera instrucción que recibió fue hacer una llamada a su familia en la que debía decirles que no los quería volver a ver y que se había cansado de ellos. Con un revólver en la cabeza y buscando protegerlos, Diana obedeció.  

En Bogotá, recogiendo unas de las vacunas de los poderosos de la ciudad, ocurrió una balacera y Diana, además de ser fuertemente golpeada, recibió dos tiros en la pierna. Estos dos tiros le permitieron cumplir su deseo más grande: ver a su familia por un mes, pues para las AUC la recuperación de Diana era un encarte. No la mataron porque nadie más era tan hábil ni ágil en la contabilidad de la organización. Tuvo un mes exacto donde golpeada y vuelta nada Diana volvió a casa de su familia sin poder contar nada de lo que había sucedido ni la situación en la que estaba.

Al mes exacto, sin previo aviso y sin despedirse de su familia, a la una de la mañana, recogieron a Diana y la llevaron de vuelta a cumplir con sus labores.

Los altos mandos paramilitares como “El Patrón” de Diana se caracterizaban por asistir a fiestas de los altos estratos, esas con varios personajes de gran influencia en el país. “En las grandes fiestas de los doctores y de los personajes más reconocidos del país se encontraban los mismos, los paramilitares con los políticos y con el Estado. Todos con todos,” me cuenta Diana. En una de estas fiestas, “El Patrón” llamó a Diana, que estaba allí siendo parte del anillo de seguridad del mismo. La mandó a donde uno de sus “amigos poderosos”, de esos que según Diana vemos todos los días en la televisión y que manejan el país a punta de mentiras, para que tuviera relaciones con él. Era un poco paradójico para Diana, pues en ese momento ella tenía la sensación que solo las mujeres con look de modelo eran las que entraban en relaciones íntimas con las altas figuras de Bogotá. Pero estaba equivocada: Diana fue utilizada como un objeto sexual porque “qué verraquera es comerse a una guerrera”. En este momento entendió que ella y las otras reclutadas eran quien pagaban los favores de “El Patrón” con cuerpo y alma. Cada vez que abusaban de ella sentía que perdía una parte de sí misma.  

Esta no fue la última vez que Diana fue abusada sexualmente. Constantemente, por orden de “El Patrón”, el cuerpo de Diana era utilizado no solo para pagar favores sino por capricho de este y otros. Tuvo más de dos abortos forzados, y en uno casi pierde la vida por una infección vaginal. Además, años después sufrió de cáncer en la matriz como consecuencia de los abusos y atrocidades que había sufrido su cuerpo.

“De esos días que nunca se olvidan”

La política del miedo nunca paró durante el tiempo que Diana estuvo en las AUC. Para ella y sus compañeras no era solo un abuso del cuerpo, sino también del espíritu. Dos años después, de las 15 mujeres que fueron reclutadas con Diana, tan solo quedaban 9 vivas; unas habían sido asesinadas por desobedecer y otras se habían suicidado.  

Dentro de las lecciones que recibió de los miembros de las AUC, la de no robar fue una de las que generó más impacto en Diana. Un día asesinaron a una de sus líderes del bloque, (la mujer que había engañado a Diana) porque estaba planeando escaparse con dinero de las AUC y para “El Patrón” todas debían aprender una lección sobre tocar el dinero ajeno. De cena, a Diana y a las ocho mujeres que la acompañaban las obligaron a comer parte del cadáver: su cabeza y partes de sus manos. Después de esto no quedó más que el vómito, el asco y el miedo impregnado dentro de su cuerpo, pues tanto vivas como muertas, no recibían mayor respeto que el de un animal.

De 1997-2005 los paramilitares fueron los principales victimarios de la violencia sexual de las mujeres en el conflicto armado.

La primera vez que Diana se sintió como una persona a los ojos de un miembro de las AUC fue cuando intentó su primer suicidio. Lo intentó con un revolver, que cuando tiró el gatillo, no tenía balas.  Alias “El Perro” le pidió que pensara en su hijo y que entendiera que nadie estaba en la organización porque quería, era cuestión de plata o miedo y para no morir debía obedecer. La convenció de que esto no lo acababa ella y que al final había una manera de salir de la organización. Ese día Diana entendió que los miembros de la organización no mataban porque querían, pues la mayoría venían de un contexto donde las oportunidades eran nulas y su única salida era la guerra o la muerte.

Los últimos seis meses de Diana dentro de la organización fueron los más difíciles. Ella no obedecía, respondía siempre de mala gana, pues ya estaba desesperada. Todos los días rogaba por morirse, ni siquiera cuidaba sus enfermedades. Diana le decía a “El Patrón” que no podía más y que estaba mamada. Ellos respondían con golpizas y castigos, pero no la mataron por su habilidad en la contabilidad y porque tenían claro que era una mujer que les servía dentro de la organización.

La vida después  

Diana recuperó la libertad en el 2006, cuando empezaron las negociaciones de paz con las AUC. Se desmovilizó en la Hacienda La Primavera y cuando le dijeron que se fuera ella no lo podía creer. Tenía un miedo espantoso de llegar a su casa, no era claro qué era lo que se venía. Adaptarse no fue fácil; no podía dormir, la cama era incómoda y desconocida, pues durante más de tres años durmió en el piso. Tampoco le encontraba sentido a usar una pijama.

Cuando Diana pudo contarle a su familia lo que había sucedido durante tres años, la reacción fue de rechazo y la sacaron de la casa. Sin embargo, tuvo suerte y una amiga la recibió a ella y a su hijo.  El primer empleo que obtuvo fue en un programa de atención a la reintegración en Bogotá. Luego de un año logró mudarse a su propia casa, pero su situación de privilegio la hacía sentir que no era suficiente lo que ella estaba haciendo en su vida. Pensaba mucho en las otras mujeres que como ella llegaron a la civilización, pero que no contaron con la misma suerte y solo lograron mantenerse por medio de la prostitución.

Quizás lo más difícil de volver a la realidad y a la libertad fue conocer a las madres de las 15 mujeres que fueron reclutadas con ella, pero que habían sido asesinadas o se habían suicidado. Ella sentía una obligación de contarles cómo habían muerto sus hijas, pero las historias no eran fáciles de contar. De 15 mujeres sólo sobrevivieron tres. Actualmente Diana se siente muy afortunada, porque fue la única que no terminó en un hospital psiquiátrico, que retomó el rumbo de su vida y logró graduarse de una carrera técnica y tener una vida que ella considera normal.

Hoy Diana es directora de la Fundación Manos para la Reconciliación, donde apoya a las mujeres desmovilizadas vinculadas con la prostitución, para que salgan adelante y no incurran de nuevo en acciones bélicas. Diana se volvió la mamá de todas, se convirtió en un apoyo permanente. Las apoya cuando son golpeadas por los hombres que las contratan, o cuando son ultrajadas al no recibir el pago que merecen por su servicio. Las ayuda a conseguir buenos jardines para sus hijos y las defiende contra las injusticias. Pero lo más importante de todo es que les da amor, amor para que nunca más busquen volver a entrar en la guerra.

Diana es la encarnación de una mujer que ni por los perjuicios, las estigmatizaciones o el miedo que generaba su estatus de desmovilizada, deja de luchar por sus sueños y por la vida que sueña. Aunque su proceso de sanación ha sido difícil, ella ha ido juntando cuidadosamente sus pedazos por medio del arte y del trabajo social. Diana hace parte de Victus, una obra de teatro que junta ex-guerrilleros de las FARC, ex-paramilitares, sociedad civil y ex-miembros de la fuerza pública en un solo escenario, apostándole así a la reconciliación. Este espacio la ha llevado a eliminar el dolor, perdonar y crecer cada día más como persona.

Lo que me enseñó Diana

La percepción de insensibilidad del Estado y de la sociedad frente a la violencia contra las mujeres es inmensa, pero en la guerra es aún peor. No sabemos sobre el trato que se le ha dado a la mujer históricamente, mucho menos reconocemos el maltrato que sufrieron quienes alguna vez hicieron parte de un grupo armado. En la historia de Diana vemos cómo la mujer, dentro del paramilitarismo, no era más que un instrumento que se utilizaba a conveniencia, cómo el sexo era utilizado para pagar favores y cómo, desde el primer día, a Diana y su compañeras se les obligaba a renunciar a su propio cuerpo.

A la fecha, Diana aún no ha denunciado los hechos de violencia sexual y abuso que sufrió. En un contexto de guerra, quejarse del machismo y ser feminista es sin duda revolucionario, pero más aún, es peligroso. Aún permanece el miedo de “los amigos poderosos” de “El Patrón”, y el daño que le pueden hacer si llega a denunciar, pues como lo explica Diana, el Estado no le da garantías como mujer ni excombatiente en el momento de denunciar.  

Diana me enseñó a valorar el poder quejarme cuando quiera y lo afortunada que soy de no tener miedo de alzar la voz cuando algo no va bien. Diana es un ejemplo de mujer luchadora y fuerte. Nos demuestra que el feminismo es una herramienta poderosísima para la reconstrucción y para el empoderamiento de las mujeres desmovilizadas. Su testimonio nos permite entender que la paz y la reconciliación son una oportunidad para cambiar las estructuras de desigualdad que se viven en la guerra, y además rompe con la perpetuación de violencia contra las mujeres existente en el conflicto armado.

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