El origen de mi feminismo

Varias veces me han preguntado cómo es que una mujer costeña, y más que costeña, guajira, llegó a considerarse feminista. Ante la pregunta lo primero que sentía era un poco de inconformidad. Algo parecido a lo que siento cuando me preguntaban si yo había vivido en “chozas” Wayúu, o cuando leo en periódicos de circulación nacional que en La Guajira lo único que hay es hambre y corrupción. Me preguntaba, ¿acaso el machismo en Colombia solo está en la Costa? ¿Acaso el machismo no se vive de formas particulares según el lugar del mundo en el que uno se encuentre, y tanto aquí como allá es simplemente algo muy grave?

Pero después de un tiempo esa pregunta pasó de generarme inconformidad a curiosidad, porque lo cierto es que no recordaba bien cómo fue que llegué a mi feminismo de hoy. Yo no nací feminista (de hecho, hoy recuerdo cosas de dije o hice en el colegio de las que mi corazón feminista se avergüenza). Y esa curiosidad me llevó aleatoriamente por muchos recuerdos sobre experiencias, lecciones, voces, gestos y sensaciones que me permitieron identificar personas y momentos que marcaron el camino que me tiene aquí.

Hace unos días publicamos en el blog los principios para #SerUnaPola. Uno de ellos dice que una Pola admira, respeta y celebra a las mujeres que la precedieron y a quienes les deben la reivindicación de sus derechos. Y como buena Pola que soy, en esta columna quisiera celebrar a los referentes feministas que tengo en mi familia y a quienes considero la principal causa de mi feminismo. Estas mujeres no se han autodenominado nunca como feministas, pero no tengo dudas de que es su ejemplo lo que ha forjado mi carácter. Sobre las experiencias y personas que han contribuido a mi feminismo quisiera hablar en alguna otra oportunidad.

Esta columna está dedicada a una persona en especial, y esa es mi abuela: Cecilia Parodi de Castillo, quien hace 21 días me cuida desde el cielo, pero quien eternamente será mi Mami Ceci. Esta columna es un homenaje a su vida y a su legado. Es un homenaje a todos los años de amor que me entregó, a sus logros y a los milagros que le atribuyo, incluso después de su partida. Es también una invitación a mirar hacia nuestro pasado y entender que las libertades de las que gozamos hoy en día fueron la consigna de batalla de nuestras antecesoras, a quienes les debemos el poder vivir con la esperanza de un futuro con menos restricciones, violencia y opresión. Pero principalmente para mí, esta columna es una forma de catarsis que necesito, porque resignarme a vivir sin ella es un reto que me está quedando grande.

Mami Ceci fue una luchadora incansable, fuerte como ninguna otra. Enviudó en 1969 cuando tenía 32 años, cuatro hijos entre los 3 y 11  años de edad, ni un solo año de experiencia laboral y casi nada de ingresos propios. Ese momento marcó su vida, pues a partir de él se entregó a sus hijos, a formarlos para sacarlos adelante así fuera con sus uñas, junto con su hermana, mi adorada tía Ela. Mami Ceci trabajó durante años en la Secretaría del Juzgado Promiscuo Municipal de Fonseca, haciendo en esa época lo que hoy en día requiere un título de abogado, con un liderazgo y dominio que no eran típicos en los secretarios de despacho, y mucho menos en una mujer. Y a punta de esfuerzo, temple, talante y resiliencia logró convertir a mi mamá, mi tía y mis tíos en profesionales brillantes y seres humanos maravillosos.

Toda esta lucha la hizo sin la ayuda de ninguna otra pareja sentimental. Luego de la muerte de mi abuelo Mami Ceci no volvió a casarse ni a tener un romance con ningún otro hombre. Y esto no solo fue por su estricta dedicación a sus hijos. Las veces que le pregunté por mi abuelo, ella siempre se refirió a él como su esposo. Recuerdo que hace algunos años un viejo amigo le regaló un cuadro de mi abuelo que ella decidió colgar en una pared de su cuarto. Sin embargo, ese cuadro no pasó de la primera noche. Después de tantos años mi abuela no aguantaba verlo porque se moría de las ganas de sacarlo del cuadro y devolverlo a la vida. Como si ese amor estuviera intacto. Como si a pesar del paso del tiempo y la costumbre, hubiese mantenido ese amor en sus proporciones originales y lo sintiera con el mismo vigor. El mismo amor que yo veía siempre en sus ojos cuando nos miraba y se reía con esa expresión tan dulce que la caracterizaba. Un amor que heredé, porque escribiendo esto me siento como ella con el cuadro de mi abuelo: me muero de ganas de volver a verla, besarla, abrazarla y no dejar que se vaya.

La decisión de no volver a casarse no estuvo exenta de los cuestionamientos típicos para una mujer en sus circunstancias y su época. Era viuda, joven, con cuatro hijos… cualquiera diría que necesitaba un hombre que la protegiera y la mantuviera. De hecho, sé que hubo varios hombres que quisieron cortejarla. Mi mamá cuenta que una vez caminando en la calle un señor de Fonseca se les acercó en el carro para galantearle a Mami Ceci. Y en esa galantería, que se iba volviendo otra cosa porque el señor las persiguió por varias calles, Mami Ceci no aguantó más, y con ese coraje tan típico de ella frenó en seco al hombre, exigiéndole respeto. Mami Ceci sabía que no necesitaba un hombre, pues con mi tía Ela le bastaba para cumplir su misión con sus hijos. A mí me hierve la sangre cuando escucho que alguien le dice a una mujer que para cuándo el novio, que para cuándo el matrimonio, que cuidado se queda solterona. Y cuando me pasa eso me acuerdo de la independencia irreverente de Mami Ceci, y todo cobra sentido.

Mami Ceci era tan fuerte y luchadora como era solidaria y generosa, y con la misma tenacidad con la que sacó a su familia adelante luchó para remediar las injusticias de las que era testigo. Cuando era secretaria del despacho, Mami Ceci sabía a quién iban a embargar o desahuciar. Y cuando esa persona era alguien bueno y honesto, que simplemente estaba atravesando por una situación crítica de aquellas que el sistema judicial no reconoce porque no está hecho para eso, ella la prevenía para que estuviera preparada. Mami Ceci pertenecía a las Damas Rosadas, una asociación de voluntarias mayores que, entre otras cosas, entregaba donaciones a las familias más necesitadas. Un diciembre ella nos pidió a mi hermana y a mí que la ayudáramos a organizar los kits escolares y de alimentos que iban a ser donados. Y Mami Ceci era tan transparente que no me dejó comerme ni una sola galleta Festival. Decía: “Eso es para los que lo necesitan. Tú no lo necesitas”. Cuando le sobraban bolsas de alimentos no perecederos, Mami Ceci las devolvía y jamás permitió que eso fuera repartido entre la familia.

Tal vez por esa felicidad que sentía cuando ayudaba a quien lo necesitaba es que Mami Ceci se sentía tan cercana al catolicismo, la religión que se propagó por el mundo por enseñar que debemos amar al prójimo tanto como a Dios, ayudar a los enfermos y a los pobres. Ella rezaba todos los días el rosario con su grupo de oración, iba a misa regularmente y cuando no podía ir, recibía la Eucaristía en la casa. Pero Mami Ceci logró hacer que su fe y su inteligencia, capacidad crítica y de reflexión coexistieran dentro de ella armoniosamente. Creía fervientemente en la existencia y bondad de Dios, pero no creía en la resurrección. Para ella la vida era una sola y era la que estábamos viviendo, y sabía que no había una después de la muerte. Mami Ceci nunca estuvo dispuesta a vivir bajo estándares en los que no creyera, así se los vendieran bajo el disfraz de lo natural, lo obvio e irrefutable. Nunca la amedrentó esa idea de irse al infierno por no creer en la resurrección, porque su razón le dictaba que con amor y generosidad una sola vida habría valido la pena. Y seguramente es por eso que no era de aquellas señoras católicas que se empeñan en que su hogar sea católico y todos sus hijos recen, vayan a misa, comulguen y se crean todo lo que la gente dice que dijo Dios. Fue siempre muy respetuosa de la relación que cada uno construyera con Él.

Pero, paradójicamente, en mi familia todos creemos en Dios por ella. No porque nos lo hubiera inculcado, sino que para todos nosotros la vida de Mami Ceci fue un milagro de Dios en sí misma. Mami Ceci, a punta de voluntad, se mantuvo viva durante poco más de año y medio con una capacidad cardiaca al 20%, diabetes, insuficiencia renal que la obligó a vivir con diálisis, 4 internadas en Unidades de Cuidados Intensivos, múltiples crisis y medicamentos. Y se mantuvo viva de verdad, caminando, subiendo escaleras, cocinando, haciendo aseo, dando órdenes, regañándonos, mandándonos a todos a comer a las 12 del mediodía en punto, teniendo el control absoluto de su casa. Su corazón debía ser increíblemente fuerte. No soy médico, pero así debe ser. Es lo único que me explica su manera de amar tan intensa.

Tan intensa, que unos minutos antes de irse, mi tío, un médico muy poco religioso o supersticioso, sintió el llamado de Mami Ceci para que fuera a acompañarla. Cuando iba en camino al hospital todos los semáforos estaban en verde y el portero del hospital, que nunca está pendiente, estaba en su sitio en ese momento, como si algo sobrenatural estuviera abriéndole el paso. Mi tío llegó, habló con ella, la besó, la acarició, y segundos después ella se fue. Mami Ceci nos amó tan intensamente que hasta para morir se hizo sentir desde la distancia. Como si fuera de verdad que nuestros corazones se encienden con el cariño de una madre, cuyo llamado se siente tan claro y tan fuerte en nuestros cuerpos como un ventarrón de frío, y que cuando respondemos a él Dios se hace presente y despliega toda la majestuosidad de su poder. Y es así, porque ante el amor que nos dio Mami Ceci, hasta Dios hizo una venia esa madrugada del 25 de octubre cuando se la llevó.

Mami Ceci nunca dijo ser feminista, pero su amor, valentía, inteligencia y tenacidad son lo que me ha llevado a mi feminismo de hoy. Recordarla me llena de lágrimas los ojos y me vacía el pecho. Pero al mismo tiempo me recuerda que en mis venas llevo la sangre de una mujer inmensamente fuerte, poderosa, cariñosa, solidaria y amorosa. Ella es el origen de mi feminismo.

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